17 mayo, 2021
Sofía de Juan
Sofía de Juan
Entrevista

Modelos para una revolución lenta de la cultura rural comunitaria (I): La siembra respetuosa

Poliédrica ha facilitado una charla entre la creadora y educadora Sofía de Juan y Amparo Moroño, gestora cultural de la Mancomunidad de Municipios Valle del Jerte, sobre el proyecto "Habitar el Palacio", un proceso de activación cultural comunitaria alrededor de una arquitectura inacabada: el Palacio del Cerezo.

Esta primera parte de la entrevista es una introducción al proyecto y a su contexto, a la que sigue una segunda con el desarrollo de alianzas y su puesta en marcha. Una conversación asilvestrada entre Sofía de Juan y Amparo Moroño en torno a los primeros pasos de Habitar el Palacio. Hacia una estrategia colectiva de activación de las vidas culturales del Valle del Jerte.

 


 

 

 

 

 

Creo que esta brizna de paja puede originar una revolución. A primera vista, esta paja de arroz puede parecer ligera e insignificante […] Pero yo he llegado a darme cuenta del peso y el poder de esta paja. [1]

 

 

Amparo habla con las manos.
Pero no vertiginosamente (como yo).
La danza de sus manos es lenta, fértil, precisa. Como sus palabras, cargadas de dignidad y espíritu de trabajo. Conectadas a la tierra y a todo lo que en ella vive, crece y se arrastra.

 

Gestora cultural de la Mancomunidad de Municipios Valle del Jerte desde 2019, Amparo acaricia el aire despacio, mientras su voz lo llena de un significado rotundo y, poco a poco, va construyendo imágenes en las que la sencillez de las acciones coexiste con la posibilidad inmensa que contienen.

 

Del contacto de esas manos con la naturaleza y con muchas otras manos (una Mancomunidad de once municipios y once mil habitantes, y un colectivo de arquitectura y mediación), surge la semilla de Habitar el Palacio. La propuesta de esta alianza, que ha iniciado su andadura gracias al impulso de la Fundación Daniel y Nina Carasso, se enfrenta al reto de articular un proceso ciudadano de pensamiento colectivo que permita a los y las habitantes del Valle reapropiarse del lugar y convertirlo en el hábitat de la cultura que deseen cultivar.

 

 

 

Los inicios del proyecto Habitar el Palacio

 

Junto con el colectivo cAnicca (estudio de arquitectura, diseño y urbanismo) y en colaboración con los 11 ayuntamientos que la integran, la Mancomunidad del Valle del Jerte propone un proceso de activación cultural de la comarca en torno al Palacio del Cerezo. Este edificio público pretendía erigirse como palacio de congresos en la comarca agrícola del Valle del Jerte, pero cayó en desuso (y en desgracia), viendo su construcción interrumpida por la crisis de 2008.

 

A través de la elaboración colectiva de mobiliario versátil que sirva para activar la vida cultural tanto dentro como fuera del edificio, como recurso, el Palacio del Cerezo se ha convertido en el punto de referencia para hacer un trabajo de escucha y programación cultural colaborativa desde cada uno de los pueblos de la Mancomunidad.

 

Fuente: Fundación Daniel y Nina Carasso

 

 

 

 

 

Qué observar en un estado latente

 

 

Las probabilidades de que una semilla que cae al suelo pueda sobrevivir intacta hasta la primavera son menores que uno por millón […] sin embargo, una mirada más atenta revela que la vasta cantidad de granos que aparecen como “desperdicio” sirve a un propósito muy importante: proporcionar alimento a los insectos y animales pequeños durante los meses de invierno. [2]

 

 

Sofía de Juan: La semilla de este proyecto tiene mucho de colaboración ¿Cómo se concibe una propuesta de manera colaborativa? ¿Cuáles son los factores que originan y detonan el proceso?

 

 

Amparo Moroño: Unas cosas llevan a otras. A mitad del año pasado, el director del colegio de Tornavacas contactó conmigo para iniciar una transformación del patio. Mi trabajo como gestora cultural de una comarca rural es muy versátil e implica este diálogo con procesos que se den en los diferentes pueblos.

 

Tras una serie de reuniones, les puse en contacto con cAnicca, un colectivo de Extremadura formado por el arquitecto Carlos Muñoz y la arquitecta Thais Ibarrondo. Este colectivo desarrolla proyectos de urbanismo y arquitectura desde la relación entre las personas y el entorno que habitan, incorporando metodologías de participación y procesos de autoconstrucción.

 

Paralelamente, al poco de entrar a trabajar en la Mancomunidad, mis compañeros me llevaron al Palacio del Cerezo. Había terminado la obra de acondicionamiento del lugar sin una propuesta, un modelo de gestión, para su activación. No había pensado en esta idea hasta ahora pero, quizás, mi trayectoria como trabajadora en instituciones culturales influyera en mi manera de mirar el espacio en aquel momento, poniendo en valor el espacio físico, el recurso, y pensando en futuros posibles en torno a la idea de espacio cultural.

 

Actualmente trabajo en un contexto abierto, una comarca formada por once pueblos en la que estoy cada día en un lugar. Tengo una oficina, pero mi labor no está vinculada a un solo espacio sino que, fundamentalmente, trabajo en las plazas, en los pueblos, en sus casas de cultura, en las bibliotecas… A esto hay que añadir que yo desarrollo mi trabajo sin presupuesto específico ni grandes medios materiales porque la Mancomunidad es una administración pública humilde, así que cuando aparece un espacio como este es imposible no comenzar a imaginar futuros posibles.

 

Desde entonces, el palacio estuvo siempre ahí, como una posibilidad. Era una idea, una hipótesis. Y, sin embargo, si echo mano a mis archivos, a lo largo de todo un año fui generando diversos documentos, fantaseando sobre él.

 

Un día invitamos a cAnicca a visitar el espacio. Fue el primer encuentro entre Sonia, la gerente, el presidente de la Mancomunidad, Thais y Carlos de cAnicca, y yo. Escucharnos abrió una nueva conversación sobre las posibilidades de la cultura participativa en la comarca y, muy especialmente, en torno a la memoria arquitectónica y posibles usos de este recurso. Y la propuesta se fue fraguando, poco a poco, entre llamadas, correos y conversaciones de café, que iban dando forma a la idea.

 

 

 

 

“(…) para que este espacio pueda ser un recurso que la gente haga suyo tiene que haber un proceso de catarsis, una conversación previa”

 

Amparo Moroño 

 

 

 

 

SJ: Un espacio que, sin embargo, no tiene una gran conexión con los vecinos y vecinas…

 

 

AM: Porque los habitantes del valle no han elegido tener un palacio de congresos. Se trata de una edificación que apareció en medio del campo sin que nadie lo pidiera. Y, de hecho, se rechaza entre otras cosas por ser algo no elegido, por ser una decisión política. Por eso, el primer conflicto que emana del palacio es su propia existencia, fruto de la política del ladrillo y de las dinámicas urbanísticas de los años 1990 y 2000. Hay gente de la comarca que afirma que nunca pisará ese lugar. Por eso, su propia naturaleza nos lleva a entender que, para que este espacio pueda ser un recurso que la gente haga suyo, tiene que haber un proceso de catarsis, una conversación previa.

 

En el origen de este proyecto también habita una necesidad de comprender lo que ese lugar significa para la gente del Valle y, en ese sentido, cuánto más escuchamos, más nos sorprendemos y aprendemos.

 

La filosofía de este proyecto es la de una investigación colectiva que nos permite comprender y conocer un fenómeno que es compartido en un territorio. Lanzar preguntas y líneas de trabajo que necesitamos enriquecer desde las experiencias de todo el mundo.

 

Por eso también hablamos de habitar, que para mí es una metáfora que tiene mucho sentido en lo pedagógico, y que ya hemos utilizado como punto de partida en otros procesos. Ese es el punto de partida, no partimos de cero. Nuestra propuesta: habitar el lugar, estar en él, hacer nuestro lo que ya es.

 

El proyecto es un espacio intermedio entre lo que el palacio ha sido hasta este momento y lo que será desde el día en que abra sus puertas. Y en ese espacio, sólo tiene sentido algo que surja de un proceso democrático, pero somos conscientes de que esto no va a ser nada sencillo.

 

Por otro lado, desde una perspectiva de sostenibilidad y respeto por el dinero público, o aprovechamos lo que tenemos y consideramos este espacio como un recurso más, poniéndolo a bailar en la misma sintonía que el resto de los recursos de los que disponemos en la comarca, o lo dejamos morir.

 

 

 

 

“El proyecto es un espacio intermedio entre lo que el Palacio ha sido hasta este momento y lo que será (…) Y en ese espacio sólo tiene sentido algo que surja de un proceso democrático”

 

Amparo Moroño

 

 

 

 

 

Qué aprender de lo sincrónico y lo asincrónico

 

 

Lo más importante es conocer el momento correcto para sembrar. [3]

 

 

SJ: Y en esa traslación… ¿qué peso tiene el tiempo? ¿Podríamos hablar de un componente político del tiempo en este proyecto o de una perspectiva política del mismo?

 

 

AM: Los tiempos tienen mucha importancia en este proceso. El proyecto se ajusta a los procesos agrícolas del valle y, por lo tanto, se sincroniza con los ritmos naturales del territorio, no sólo por una cuestión simbólica sino, principalmente, porque debe adaptarse a las circunstancias de los vecinos y vecinas de estos municipios cuyas vidas están muy atravesadas por los ciclos de la agricultura.

 

Por otro lado, se trata de un proceso que se instala en un tiempo previo puesto que es una propuesta desarrollada íntegramente en un tiempo anterior a la apertura del espacio. Antes de que se abran las puertas de ese lugar, queremos haber podido disfrutar de un tiempo con la gente de la comarca para pensar lentamente su futuro como recurso cultural: emitir opiniones, asumir los conflictos y contradicciones del pasado desde posiciones críticas, y construir puntos de vista argumentados y contrastados que nos ayuden a dar forma a su vida futura. Las versiones “express”, en este caso, no habrían cuajado.

 

En este sentido, un referente claro para nosotras es el proyecto Ecosistema Egía, llevado a cabo por el equipo educativo de Tabakalera Donostia con Transductores en el tiempo previo a la apertura de este centro cultural. La dirección apostó por contratar al equipo de educación un año antes para hacer la mediación de base con los colectivos y agentes del barrio. Este gesto me parece fundamental: antes de abrir las puertas hay que mirar y trabajar con el contexto social. Conocer y comprender los ecosistemas culturales que se desarrollan en el lugar y que van a convivir con lo nuevo.

 

 

 

 

 

Activando la revolución natural. Herramientas para la polinización de habilidades

 

 

Viendo los estériles campos del invierno ya no puedo permanecer resignado un momento más ¡Con esta paja yo, por mis propios medios, iniciaré una revolución!  [3]

 

 

SJ: ¿Y qué cambios aspiráis a producir?

 

 

AM: Hay una aspiración en la base de esta propuesta que tiene que ver con la necesidad que detectamos de facilitar procesos de participación ciudadana reales que puedan, en un futuro, desembocar tanto en prácticas pedagógicas, artísticas y culturales de carácter colaborativo como en cualquier otro proceso social en el que las personas se organicen y actúen ante situaciones compartidas. Esto tiene que ver, también, con recuperar las culturas de colaboración y organización colectiva propias de las zonas rurales que hoy se han ido desdibujando debido a dinámicas más individualistas y que, además, son más propias de las culturas urbanas. Para llevar a cabo este tipo de procesos necesitamos esos tiempos tranquilos de trabajo con las personas.

 

Hay algo aún más profundo, que sería muy presuntuoso por nuestra parte aspirar a solucionar, pero al menos queremos iniciar un camino. Tiene que ver con las dinámicas sociales de relación entre administraciones públicas y ciudadanía en el medio rural. Detectamos que, como ciudadanía, adoptamos roles cada vez más pasivos; las administraciones, por su parte, corren el riesgo de instalarse en dinámicas de elaboración de políticas (culturales, en este caso) desde los despachos. Nos parece que para ejercer transformaciones en estas dinámicas, la Administración tiene que comprender que su propia naturaleza implica una escucha a los intereses y necesidades de la población, y caminar hacia un trabajo con (y no para) la ciudadanía… Pero también las personas tenemos que interiorizar que podemos hablar, transformar y proponer otras maneras de hacer las cosas, especialmente en instituciones tan asequibles como una Mancomunidad de once mil habitantes.

 

 

 

 

“(…) la Administración tiene que comprender que su propia naturaleza implica una escucha a los intereses y necesidades de la población, y caminar hacia un trabajo con (y no para) la ciudadanía”

 

Amparo Moroño

 

 

 

 

El proyecto también aborda algo muy enraizado en el Valle del Jerte, lo que la gente llama aquí “localismo”, que significa que los pueblos no trabajan entre sí. Tanto habitantes como políticos/as se quejan mucho de esto. En un lugar como este, con una identidad de comarca tan marcada (porque es un valle y geográficamente está muy delimitado), con un paisaje muy característico y una cultura agrícola compartida, recursos compartidos, con procesos vitales muy similares, los y las habitantes detectan una falta de cultura de la colaboración entre pueblos y esto es algo que, además, se nombra a menudo. Uno de los retos que ya estamos trabajando desde la Mancomunidad es el de poder generar procesos culturales que puedan contribuir a generar vínculos y redes de trabajo entre los once pueblos.

 

Por último, es cierto que el norte de Cáceres (una zona de Extremadura en la que no hay grandes ciudades) está formado por comarcas eminentemente rurales en las que no hay centros culturales ni espacios de producción artística. Así que hay una voluntad en esta propuesta de generar un espacio de pensamiento y acción cultural como respuesta a esta necesidad concreta, por supuesto, a pequeña escala y acorde a nuestras realidades socioeconómicas.

 

Creo que esta propuesta podría abrir un diálogo con las instituciones culturales y museos de Extremadura para promover una/otra presencia de los recursos culturales públicos y trabajar con la población rural. Hay una parte de la población que tiene el mismo derecho al acceso a la cultura que la que vive en una ciudad y, sin embargo, no disfruta de los principales recursos culturales de la región porque estos se concentran en los núcleos urbanos. Existen referentes en otros territorios de instituciones que se han planteado este tipo de políticas culturales y un proyecto como este podría abrir esta conversación aquí.

 

 

SJ: Sin embargo, resulta paradójico que en otros ámbitos de la vida del Valle si se den estas dinámicas colaborativas de manera natural…

 

 

AM: El Valle de Jerte es una zona de minifundio, un aspecto fundamental para entender la manera de pensar de las gentes que viven aquí como comunidades agrícolas. En un latifundio, desgraciadamente, el hecho de no ser dueño/a de la tierra que trabajas o de pertenecer a generaciones que han trabajado históricamente para otros/as afecta a las formas de pensamiento y a cómo entendemos nuestra relación con los/as otros/as y con la tierra. En el minifundio, cada cual produce su poquito, contribuye su poquito y eso determina una manera de pensar más cercana a la idea de “somos muchos/as e iguales trabajando para nosotros/as y para todos/as”. En zonas de minifundio está arraigado el hábito de colaborar: compartir maquinaria, linde, pagar una calleja entre varios/as para llegar a la finca más alta… Siguen vigentes las comunidades de regantes que permiten gestionar de forma conjunta el agua que viene de la sierra y repartirla de manera justa… El Valle del Jerte, además, es un ejemplo paradigmático de cooperativismo en el ámbito agrícola, donde esta filosofía tiene un arraigo muy profundo. Toda esta cultura heredada es fundamental, no partimos de cero.

 

 

SJ: El desafío estaría en que se llegue a entender la cultura como un bien tan común como el territorio…

 

 

AM: Y para ello hay que poner sobre la mesa qué entendemos por cultura, algo que va más allá de hacer una programación cultural: es necesario poner en valor las culturas locales, los oficios tradicionales, la manera de construir el paisaje, todo lo que a veces dejamos fuera. Y ponerlo a dialogar con las formas de producción cultural del presente. Trabajar desde los valores que hay, que están, que nos dan las claves para un futuro consciente y sostenible, y ensayar formas de acercamiento desde las pedagogías y metodologías que emergen del pensamiento y la cultura contemporánea.

 

 

 

 

“El desafío estaría en que se llegue a entender la cultura como un bien tan común como el territorio”

 

Sofía de Juan 

 

 

 

 

SJ: Y ¿cómo contribuyen a promover esa conexión multidireccional los artefactos que planeáis producir?

 

 

AM: Pensamos que este proceso, así como el propio palacio (entendido cómo espacio físico, elemento compartido y herramienta colectiva) pueden fortalecer esas dinámicas colaborativas en tanto que espacio común. Es un recurso que es de todos/as y entre todos/as vamos a darle el uso, el sentido y el futuro que decidamos juntos/as. La propuesta es: “hablemos y veamos qué queremos hacer en este lugar”.

 

Efectivamente, los artefactos tienen una función fundamental y un papel simbólico de peso. Esta parte simbólica es muy potente: la idea de que entre todos/as llenamos el Palacio de vida, de las vidas que ya suceden en el Valle y que entran en el nuevo espacio en forma de artefactos móviles, dotándolo de significado, de una identidad caleidoscópica. Es una especie de ocupación simbólica del espacio por lo que ya antes existía. La idea es que de cada proceso participativo (en cada pueblo) surja un artefacto que dé respuesta a necesidades concretas en el ámbito de la cultura. Cada artefacto marcará líneas de trabajo y juntos construirán una política cultural compartida para ese espacio desde sus necesidades y desde la vida cultural que preexistía.

 

Por otro lado, hay una parte simbólica en esto relacionada con la creación de vínculos entre los pueblos, dado que los artefactos pueden activarse de diferentes maneras: son estrategias de creación de vínculos entre los colectivos y los procesos culturales que ya existen en la comarca. Por ejemplo, en Piornal hay mucha tradición teatral. A través de las dinámicas que planeamos, quizás allí quieran usar el Palacio como espacio de experimentación teatral y para esto podríamos promover construir de forma conjunta unas gradas móviles o un escenario versátil. A partir de ese momento, ese recurso pasaría a ser parte del mobiliario del Palacio, pero al mismo tiempo va a estar disponible para los otros diez pueblos. De esta misma forma, Navaconcejo puede usar el escenario móvil y trabajar para activarlo con el grupo de teatro de Piornal.

 

Hay un deseo de que lo que pueda llegar a ocurrir en el Palacio no eclipse lo que ya ocurre en los pueblos. Debe revertirse y expandirse por todo el valle y estos artefactos pueden ayudar a generar y proponer nuevas situaciones que complementen lo que ya existe, abriendo nuevas posibilidades culturales.

 

 

 

 


Continua con la segunda parte de la entrevista aquí


 

 

 

 

Referencias

[1] [4] Extracto del libro La revolución de una brizna de paja. Masanobu Fukuoka 

[2] [3] Extracto del libro La senda natural del cultivo. Masanobu Fukuoka

 

 

 

 

 

Sobre la entrevistada y la autora

 

Amparo Moroño es la gestora cultural de la Mancomunidad de Municipios Valle del Jerte. Viene de una trayectoria profesional vinculada al ámbito de las pedagogías culturales o la mediación y eso le hace entender la gestión desde un lugar que parte de la escucha, en el que priorizar los procesos pedagógicos que están en la base de las experiencias culturales, y el trabajo con las personas. Un enfoque que, a veces, resulta disruptivo respecto al modo en que se enfocan los procesos culturales en el medio rural o a la manera en la que se concibe el perfil de gestora cultural.

 

Sofía de Juan es creadora-educadora y gestora cultural, especializada en fotografía y artes visuales. Actualmente, es responsable del área de mediación y accesibilidad cultural de hablarenarte. Lidera Plataforma Indómita, un espacio de arte y educación que desarrolla procesos colaborativos de co-creación y co-producción cultural, centrados en las personas y articulados a través de formatos no convencionales, así como prácticas artísticas ligadas a lo comunitario. Licenciada en Bellas Artes (2001 UCM), con un Postgrado en Arte, cultura e intervención social (2014).

 

 

 

 

 


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