12 abril, 2021
Pep Montes
Pep Montes
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¿Y si el problema fuera la palabra? (I)

Hemos pedido a Pep Montes que, desde el ámbito de las políticas de juventud, haga una lectura sobre cómo el sector cultural de Cataluña quiere acercarse a este colectivo. En esta primera parte de su reflexión, Montes apunta que instituciones y jóvenes no hablan de lo mismo cuando se refieren a cultura.

En nuestra vida de cada día, todos somos productores culturales de una forma o de otra, en un sentido u otro. Y los jóvenes lo son especialmente (…) El objetivo imperioso de las políticas públicas debería consistir en realzar esta creatividad de todas las formas posibles, utilizando los medios convencionales y otros experimentales

 

Paul Willis. Cultura Viva. Diputación de Barcelona, 1997

 

 

 

Cuando se cruzan las etiquetas “cultura” y “juventud” en un buscador aparecen con mucha frecuencia proyectos de dinamización pensados desde la intervención socioeducativa, a menudo como herramientas de aproximación a colectivos juveniles en situación de desventaja social y dando valor a las dinámicas comunitarias. En la mayoría de casos, estos proyectos los promueven departamentos públicos de juventud, servicios sociales y equipamientos cívicos o socioculturales. Es decir, dispositivos técnicos que usan la cultura o el arte como instrumentos para lograr una finalidad social. Son mucho más escasas, a pesar de que hay destacadas excepciones, las referencias que tienen origen en las áreas de cultura de nuestras administraciones y en los equipamientos culturales ¿Entonces?

 

Esta constatación no deja de ser paradójica, porque no es muy difícil detectar un punto de ansiedad en los responsables de políticas e instituciones culturales cuando, en su busca y promoción de nuevos públicos, se preguntan dónde están los jóvenes y cómo se les puede atraer. Aunque siempre es posible encontrar experiencias exitosas e interesantes, el nexo más común entre la mayoría de demandas de aproximación a los jóvenes es una cierta frustración. Si no es como público cautivo a través de centros educativos, aquello que se les propone casi nunca recibe el interés espontáneo de los jóvenes y, cuando lo consigue, es habitualmente a través de iniciativas esporádicas, limitadas en el tiempo y aisladas, que no generan prácticas ni hábitos continuados. Todo ello constata, de hecho, que sólo esfuerzos de mediación muy intensos permiten alguna conexión, breve y puntual, en la cual se pone de manifiesto que unos (instituciones) y otros (jóvenes) hablan lenguajes diferentes para referirse a cosas sobre las que no consiguen ponerse de acuerdo.

 

 

 


Las propuestas de las instituciones culturales raramente reciben el interés espontáneo de los jóvenes


 

 

 

Desde otro punto de vista, los responsables de los ámbitos de juventud tienen un nivel de éxito relativamente elevado al programar acontecimientos que, con los jóvenes como protagonistas, utilizan algún tipo de manifestación cultural o expresión artística. Las actuaciones en este ámbito reciben habitualmente valoraciones positivas, pero sus destinatarios activos, aquellos que no se limitan a participar como simples espectadores, son cuantitativamente escasos. La falta de masa crítica hace difícil que unas prácticas cualitativamente interesantes sedimenten y generen la esperanza de una futura universalización de este tipo de servicios. El perfil de los participantes responde al de chicos y chicas que ya cuentan con algún nivel de organización y que tienen un cierto recorrido en el mundo de la práctica artística. Han tenido que superar en solitario y sin apoyos manifiestos algunos estadios de aproximación a una idea de cultura comúnmente aceptada, conectan por vías casuales, excepcionales o inesperadas con los dispositivos técnicos de juventud y, en general, ya cuentan con algún recurso propio y capacidad previa de programar. Es así como nos sentimos orgullosos, después de contactar con ellos, por haber agendado conciertos, por la posibilidad de explorar formas de street art, por acompañar batallas de rap freestyle o por dar visibilidad a algunas prácticas audiovisuales interesantes. Pero, si a alguien se le ocurre hacer una evaluación rigurosa de estos programas exitosos, se da cuenta que se ha trabajado la experiencia artística con un número de jóvenes que supone entre el 1 y el 2 por ciento de la población objetiva a la que se dirigen.

 

En una primera aproximación a esta problemática podríamos decir que, por un lado, la intervención desde la óptica de las políticas de juventud conecta con relativa claridad con los jóvenes y su pulsión expresiva, pero le falta músculo para hacer el salto de escala que permitiría llegar a un porcentaje significativo de la población juvenil. Por otro lado, las políticas culturales usan los recursos (pocos o muchos) de los que disponen para promover un modelo de educación en la práctica artística que tiene como punto de partida una posición de control del discurso cultural que no facilita ni la aproximación de los jóvenes ni el reconocimiento de sus prácticas cotidianas como formas de expresión artística.

 

No pretendo reducir la dificultad de esta cuestión a dos afirmaciones esquemáticas como las que acabo de hacer, y asumo que formuladas sin matices ni contexto son muy problemáticas. Intentaré añadir, por lo tanto, algunos matices relevantes. Apunto algunas ideas o pistas que podrían ayudar a entender las dificultades que tienen las políticas culturales y de juventud para empatizar con las motivaciones de los jóvenes que practican alguna forma de expresión (pública o no) que podríamos identificar como cultura o arte.

 

 

 

 

¿Qué entienden unos y otros por cultura?

 

Los datos estadísticos nos dicen, en contra de lo que afirman los tópicos desinformados, que los jóvenes no sólo no consumen ni desarrollan prácticas culturales en menor medida que el conjunto de la población, sino que en la mayoría de modalidades lo hacen con más frecuencia e intensidad. Las diferencias entre generaciones tienen más que ver con elementos cualitativos que cuantitativos, y se singularizan en la manera de acceder al consumo, en la motivación y la significación que dan a sus prácticas culturales, y en el uso peculiar, que podríamos calificar de creativo, que hacen de sus hábitos cotidianos vinculados al ocio y la diversión.

 

A efectos de este artículo nos interesan algunas de las consideraciones que hacen los profesores Antoni Ariño y Ramon Llopis en el trabajo La participació cultural de la joventut catalana 2001-2015 ­­[Informes CoNCA IC12 (2016)] [1]. Estos académicos de la Universitat de València nos dicen, entre otras muchas cosas, que no hay contradicción en los jóvenes entre el interés que sienten por la cultura digital y audiovisual y las formas clásicas de cultura, y que ambas tienen cabida simultánea en su catálogo de prácticas con un nivel de aceptación similar. La primera constatación que nos interesa, por lo tanto, es que tenemos que eliminar la supuesta falta de interés de los jóvenes como excusa para la ineficacia de nuestras políticas culturales.

 

Pero Ariño y Llopis nos alertan, también, sobre la existencia de un fenómeno de exclusión cuando comprueban que no tenemos datos significativos de participación cultural en segmentos relevantes de la población caracterizados por niveles socioeconómicos bajos y con un escaso capital educativo. Se preguntan si nada de lo que hace esta parte de la población se puede considerar como cultura. ¿Ninguna de sus actividades cotidianas tiene elementos creativos y de expresión suficientes como para aproximarse a alguna forma de manifestación artística? Lógicamente, no es ésta su respuesta. Más bien nos sugieren que no tenemos herramientas ni conocimientos para interpretar estas actividades adecuadamente. Si este argumento fuera cierto, estaríamos diciendo, simple y llanamente, que no reconocemos como prácticas culturales actividades e intereses cotidianos de un segmento relevante de la población, sencillamente porque no disponemos de instrumentos de análisis adecuados para medirlas ¿Es por eso que los jóvenes que forman parte de estos sectores o perfiles socioeconómicos quedan al margen de las políticas presuntamente universales de cultura y juventud?

 

 

 


¿Cuáles son las prácticas creativas de los jóvenes que las instituciones no reconocen como culturales?


 

 

 

Los interrogantes sugeridos son inquietantes, pero todos ellos se pueden reducir, al fin y al cabo, a una pregunta bastante simple: ¿cuáles son las prácticas culturales o creativas que los dispositivos técnicos de las administraciones y las instituciones culturales no reconocen como tales a pesar de que los jóvenes las realizan habitualmente?

 

Los estudios cualitativos y las consultas de opinión realizadas a los jóvenes en el ámbito de las políticas públicas locales detectan cada vez con más frecuencia la identificación de la noción de cultura con una idea rígida y estática, que responde a unos modelos clásicos que, si bien no quedan excluidos de sus intereses, sí que se alejan de su concepción del ocio y el disfrute. Cultura es un concierto de música clásica, la lectura de un libro, un espectáculo teatral con escenario y butacas o ir a ver una película al cine. En cambio, una serie visualizada en el móvil desde una plataforma, un concierto en vivo, conectarse y navegar por internet, el uso de las redes sociales, el skate, un videojuego, salir a comprar ropa y participar en una batalla de gallos es diversión.

 

Si se lo preguntamos a ellos, es posible que los jóvenes nos digan que la cultura no les interesa, simplemente porque han asumido que cultura es una cosa muy diferente de aquello que ellos hacen cotidianamente y que es justamente lo que llena su vida de sentido. Paradójicamente, los que trabajamos en el ámbito de la juventud y la cultura de proximidad nos afanamos para identificar estas prácticas llenas de significado para ellos y que contribuyen a construir la identidad juvenil. Las querríamos entender para incorporarlas en el catálogo de fenómenos o manifestaciones comúnmente aceptados como culturales. Todo esto, ante la aparente indiferencia de los jóvenes.

 

Parece que no nos entendemos, ¿verdad? ¿El problema es, entonces, la palabra “cultura”?

 

 

 

 

¡Es la diversión, estúpidos!

 

Cuando, con una muestra prodigiosa de osadía, nos atrevemos a afirmar que algo que hacen los jóvenes tiene que ver con la cultura, topamos con una doble barrera. La primera responde a la estandarización de las manifestaciones culturales, que sólo son visibles cuando se presentan a través de alguna forma de consumo con contraprestación económica y vehiculadas por una clasificación rígida de disciplinas y sectores que ignora cualquier cosa a la que no se pueda atribuir una etiqueta. La segunda, en cambio, se relaciona con el propio rechazo de los jóvenes, que no sienten ninguna necesidad de validar sus prácticas cotidianas con un corsé que les va estrecho y que identifican con un mundo que les es ajeno ¿Les estamos diciendo que sus espacios de relación en las redes es cultura? ¿Que ir de fiesta a un concierto es práctica cultural? ¿Que la ropa, el estilo y los adornos físicos son una forma de expresión? ¿Y un videojuego? O que los saltos con skate, patines o patinete son una forma de identidad? ¿Salir por la noche para pintar paredes es una vía de compromiso? ¿Construir el propio estilo al combinar las propuestas de diferentes influencers se puede convertir en una línea estética? ¿Que la narrativa de las rimas rapeadas es poesía? No. Esto no es cultura, esto es diversión. Pero, entonces, ¿la cultura no es divertida? Encogimiento de hombros.

 

El documento Factors que incideixen en la participació cultural de la gent jove de Catalunya [Informes CoNCA IC20 (2020)] [2], aprobado por el plenario del CoNCA y elaborado por un equipo dirigido por Jaume Colomer, explica en las conclusiones de su estudio de campo que se detectan prejuicios de los jóvenes respecto a la palabra cultura. Asocian esta palabra con prácticas institucionalizadas o serias, y generalmente no la usan para describir sus actividades de ocio. La cultura es una cosa y, el ocio, otra. El ocio es voluntario, y la cultura tiene que ver con aprendizajes y demasiado a menudo se percibe como una práctica obligatoria en el marco del sistema educativo.

 

 

 


Para los jóvenes, la cultura es una cosa, y el ocio otra. Perciben la cultura como una práctica obligatoria en el marco del sistema educativo


 

 

 

En una serie larga de conversaciones mantenidas en noviembre de 2020 con jóvenes de Reus en el marco de los trabajos previos para la elaboración del plan local de juventud de la ciudad, chicos y chicas de diferentes perfiles, entre los cuales destacaban los que hacen algún tipo de actividad artística, nos explicaban que están saturados. Los efectos de la pandemia y las restricciones de actividad no hacen más que acentuar situaciones que se arrastran desde mucho antes. El paro, la presión de unos estudios dirigidos a la obtención de calificaciones mínimas, trabajos precarios, la perspectiva de un largo periodo de tiempo de vida en casa de los padres antes de poder independizarse, dificultades económicas… En este contexto, cuando finalizan sus actividades “obligatorias” (jornada laboral o estudios), tienen la necesidad de evadirse y relajar sus emociones. Rehuyen la norma y los límites, y eligen la desconexión ¿Alguna parte de las actividades que realizan con este objetivo son cultura?

 

Desde una concepción abierta de lo que es la praxis cultural, no tendríamos inconveniente en responder afirmativamente a esta pregunta. Pero ellos no tienen (sienten) necesidad de ser reconocidos en este ámbito ¿Por qué deberían tenerla? Su prioridad es aliviar una situación de tensión y el objetivo esencial es encontrar facilidades para las actividades que aportan este alivio. Si perciben que la cultura es una noción ligada a unos parámetros predefinidos, a unos saberes ya dados, a consideraciones sobre el nivel, la calidad o la excelencia, a unas instituciones que tienen un discurso previamente elaborado, cerrado, canónico y poco penetrable desde la periferia de la vida social, difícilmente tendrán ningún interés en ser reconocidos.

 

 

Continúa con la segunda parte del artículo

 

 

 

 

 

Sobre el autor

 

Pep Montes es licenciado en Ciencias de la Comunicación y Máster en Gestión Cultural. Presidente de una cooperativa de trabajo asociada de servicios socioculturales entre 1992 y 2006, gerente del Ateneu Barcelonès de 2005 a 2009, director del Consell Nacional de la Cultura i les Arts (CoNCA) entre 2009 y 2011, y desde esta última fecha, gerente de la Associació Catalana d’Empreses del Lleure, l’Educació i la Cultura (ACELLEC). Consultor independiente en cultura, juventud, comunicación y gestión de organizaciones.

 

 

 

 

 


[1] Este trabajo no está traducido, pero existe un resumen ejecutivo en castellano que es el documento que enlazamos.

[2] Este documento no está traducido al castellano.

[1] [2] El Consell Nacional de la Cultura i de les Arts (CoNCA) es un organismo de la Generalitat de Catalunya, inspirado en el modelo anglosajón de los arts councils para el fomento y expansión de la cultura. Entre sus funciones están asesorar al Gobierno en el conjunto de la política cultural y velar por el apoyo a la creación artística.