21 abril, 2026
Eva Garcia
Eva Garcia
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Hacia una ética biocultural de la mediación | Article d'Eva Garcia

Des de l'enfocament biocultural, la mediació es converteix en una manera de repensar els equipaments culturals des de la circularitat dels seus recursos, la interdependència i la cura dels territoris i comunitats dels quals formen part.

Artículo originalmente publicado en el número 10 de la Revista Dramática del Centro Dramático Nacional dedicado a la Mediación Cultural: Disponible aquí

 

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En los últimos años, la mediación ha irrumpido en el vocabulario escénico como reacción a la crisis de relevancia social de la cultura, de sus instituciones y a la necesidad de atender las desigualdades que la atraviesan. Este auge no es neutral: la mediación aparece vinculada a la desconexión entre la cultura y amplios sectores de la ciudadanía, a la falta de diversidad profesional y al desafío de desplegar una auténtica democracia cultural. 

 

Más que acumular proyectos participativos o diseñar actividades inclusivas, la mediación obliga a preguntarse qué cultura se media, sobre qué valores y relaciones de poder se sostiene y cómo se manifiesta. 

 

La distancia entre ciudadanía y cultura tiene raíces estructurales, históricas y simbólicas. 
Quien accede, participa, crea o decide sigue condicionado por jerarquías heredadas que reproducen exclusiones de clase, género, origen, raza y capital simbólico. Esta desigualdad no solo afecta al acceso, sino también a la capacidad de contribuir y transformar la cultura, generando dinámicas de inclusión y exclusión que se agudizan en los colectivos interseccionados. La fractura más profunda recae sobre quienes, por origen o clase social, permanecen fuera de los circuitos de decisión y legitimidad cultural. Es una doble barrera: la imposibilidad de acceder y la invisibilidad para incidir. 

 

El acceso depende, en buena medida, de la mochila cultural con la que cada persona se aproxima: conexiones previas, hábitos familiares, creencias y experiencias vitales. Los discursos dominantes y los cánones de prestigio delimitan qué voces e identidades se incorporan al patrimonio y cuáles quedan fuera. El poder de validación, ejercido tanto por las instituciones como por los imaginarios sociales, genera emociones políticas -vergüenza, miedo, ilegitimidad- que condicionan el vínculo afectivo con la cultura, sus prácticas y sus espacios. 

 

 


En este contexto, mediar es mucho más que dinamizar públicos o facilitar accesibilidad: es reparar vínculos. Supone restituir la confianza, reconstruir la pertinencia y dejar espacio para que lo periférico y silenciado obtenga legitimidad y agencia.


 

 

En el ámbito profesional, la precariedad, la intermitencia y la falta de reconocimiento de algunos procesos son la materialización visible de la inequidad. Sostener una trayectoria en cultura requiere capital simbólico, redes de apoyo y tiempo, recursos de los que no todas las personas disponen. 

 

Todo este entramado desigual relega memorias, saberes y expresiones subalternas. 
Esto se hace evidente en las invisibilidades de los repertorios -coautorías experimentales, memorias diaspóricas, identidades disidentes, saberes corporales no normativos- que suelen circular en los márgenes, sostenidos por la sociedad civil o por iniciativas de creación de base. Son precisamente estos territorios los que han nutrido el ecosistema cultural desde la lógica del bien común, configurando los antecedentes de la mediación. 

 

En este contexto, mediar es mucho más que dinamizar públicos o facilitar accesibilidad: es reparar vínculos. Supone restituir la confianza, reconstruir la pertinencia y dejar espacio para que lo periférico y silenciado obtenga legitimidad y agencia. Hablar de patrimonios invisibilizados es nombrar las heridas que limitan la capacidad de la cultura para tejer cohesión, sentido y comunidad.  

 

Desde el marco de derechos culturales -que reconocen a toda persona el derecho a crear, participar y ser reconocida en la vida cultural- la mediación actúa como ejercicio de justicia simbólica y emocional. Es significativa cuando logra conectar contextos de vulneración con relaciones capaces de habilitar libertad, agencia y coautorías.  

 

Reparar no es un acto externo: exige revisar las misiones, las dinámicas y las estructuras institucionales. Mediar es una práctica bidireccional de escucha y aprendizaje capaz de devolver a la cultura su función pública y su vocación de bien común. 

 

 

La mediación y el enfoque biocultural 

 

Para imaginar estructuras capaces de regenerar la relación entre cultura, vida y sociedad hace falta un desplazamiento profundo en la manera de concebir las instituciones. Inspirado en la imagen de Claire Bishop (Radical Museology, or, What’s “Contemporary” in Museums of Contemporary Art?, 2013) y en el enfoque biocultural, este texto propone que teatros, espacios de creación y equipamientos no son estructuras cerradas sino organismos vivos, sensibles al pulso colectivo y en constante diálogo con su entorno. Más que una metáfora, es una invitación práctica a repensar el tejido cultural como un ecosistema dinámico y abierto. 

 

El pensamiento biocultural plantea que cultura y naturaleza forman parte de un mismo sistema vital y se apoya en tres principios: 

 

> Interdependencia: ninguna creación ni institución existe de forma aislada. 

 

> Circularidad: los recursos y saberes circulan, se transforman y se renuevan, sustituyendo la lógica extractiva por prácticas regenerativas. 

 

> Cuidado: una ética relacional entre cuerpos, saberes, memorias y territorio, impactando la salud simbólica y emocional de las comunidades. 

 

Estas ideas se inspiran en Leff (2019) y otros estudios, que muestran que los sistemas bioculturales con mayor interacción entre biodiversidad y diversidad cultural son también los más resilientes y cohesionados. 

 

 


La ética biocultural propone sustituir la lógica de consumo y crecimiento lineal por la reciprocidad y el cuidado mutuo, donde el arte solo será sostenible si lo es también la vida.


 

 

Aplicar esta lógica a teatros y equipamientos, supone pasar de la transversalidad -añadir actividades sin modificar las lógicas internas- a la organicidad, donde las decisiones, la gestión y los procesos se guían por la equidad, el cuidado y la interconexión. No se trata de hacer más, sino de crear condiciones para que trayectorias vitales, lenguajes e identidades diversas coincidan, dialoguen y se reconozcan en un mismo espacio creativo. 

 

Lo biocultural responde directamente a la crisis civilizatoria (Leff), más profunda que la ecológica o la económica, señala el agotamiento de modelos de producción y conocimiento que han alejado la cultura de las realidades de su tiempo. La ética biocultural propone sustituir la lógica de consumo y crecimiento lineal por la reciprocidad y el cuidado mutuo, donde el arte solo será sostenible si lo es también la vida. En la práctica, los espacios escénicos y culturales que adoptan esta mirada dialogan con el territorio, absorben transformaciones y diversifican sus propuestas, enfrentando los dilemas colectivos de su tiempo. Así, una programación situada se convierte en laboratorio biocultural. 

 

En su nivel simbólico, la mirada biocultural repara la herida histórica entre alta cultura y cultura vivida u ordinaria (Williams, 1977), reconociendo que lo cotidiano es una fuente de creatividad, pertenencia y renovación. Dar valor a lo ordinario no diluye el arte: lo revitaliza y lo devuelve al espacio social compartido, donde el gesto y la experiencia cotidiana se legitiman como materia escénica. 

 

Una institución biocultural prioriza crear condiciones que fortalezcan la vida cultural, atendiendo los vínculos y los procesos más que el resultado o las lógicas de consumo. Volviendo a Bishop, el teatro y el museo pueden ser organismos sensibles, capaces de vibrar con su entorno y producir relevancia al reconectarse con la vida. En este horizonte, la mediación es el lugar donde arte y sociedad se encuentran y se transforman. Cada encuentro escénico es una conversación viva y situada con su tiempo. 

 

 

Imagen del espectáculo El Otro Lado de la Danza, de Diana Niepce. Programado en las XIV Jornadas sobre Inclusión social y educación en las Artes Escénicas y la Música (2022) Organizada por el Ministerio de Cultura a través del INAEM. Foto cedida por Eva García.

Imagen del espectáculo El Otro Lado de la Danza, de Diana Niepce. Programado en las XIV Jornadas sobre Inclusión social y educación en las Artes Escénicas y la Música (2022) Organizada por el Ministerio de Cultura a través del INAEM. Foto cedida por Eva García.

 

 

 

 

Redistribuir, reconocer y cuidar 

 

Traducir la hipótesis biocultural al terreno de los espacios culturales y escénicos implica transformar su misión, identidad y funcionamiento. Este paso convierte la teoría en una herramienta de cambio e incorpora una ética organizativa que interpela y renueva la estructura interna. 

 

Las instituciones que asumen este enfoque evolucionan de organigramas verticales hacia lógicas colaborativas y gobernanza porosas, donde el liderazgo activa el diálogo en vez de la jerarquía. Una institución madura cuando las ideas se consultan, las decisiones se explican, las prioridades se pactan y los desacuerdos se reconocen. La confianza, dentro y fuera, se construye con lo mismo que sostiene la escena: tiempo, palabra y presencia.

 

 


Las propuestas institucionales con participación ciudadana en ocasiones generan cierta seducción simbólica (…). Por eso es clave habilitar espacios de revisión donde poder disentir, recalibrar implicaciones o incluso retirarse, si se necesita.


 

 

Cuando la mediación se integra en la misión institucional, los equipos mediadores deben tener presencia efectiva en las decisiones estratégicas, evaluaciones de impacto y definición de valores. Incorporar a profesionales provenientes de la acción comunitaria no es un gesto decorativo, es transformar el núcleo de la cultura organizacional.  

 

Desde esta mirada, se revisan relaciones y modos de colaboración. A menudo, los proyectos ejercen extractivismo, planteando consultas o diagnósticos sin retornos. Cada vínculo, puntual o continuo, debe prever seguimiento y devolución. Una buena práctica podría ser la secuencia diagnóstico-acción-legado: qué se recibe, qué se devuelve, qué permanece cuando el proceso termina. El legado puede expandirse o reutilizarse, ya sea material -recursos, espacios, repositorios…- o inmaterial – aprendizajes, métodos, redes…-. 

 

La práctica mediadora implica reconocer los desequilibrios de poder estructurales. Las propuestas institucionales con participación ciudadana en ocasiones generan cierta seducción simbólica: se acepta colaborar sin comprender plenamente implicaciones y límites o necesitan instalarse en el proyecto para entenderlo y codiseñar. Por eso es clave habilitar espacios de revisión donde poder disentir, recalibrar implicaciones o incluso retirarse, si se necesita. Repensar “participar” no como presencia acrítica sino como implicación corresponsable fortalece la horizontalidad real. 

 

Se requiere de una ética de las relaciones, el cuidado no es un gesto ornamental, sino un principio. Cuando confluyen instituciones, asociaciones o colectivos, la diferencia de estatus -profesionales, voluntarios, vecinales- condiciona vínculos y ritmos. La ética del cuidado se entrelaza con la relacional: se colabora desde el reconocimiento, se crean espacios seguros y la visibilidad se distribuye.  

 

Un reto esencial es asumir que elegir y dejar de hacer es casi tan importante como actuar. Transitar hacia una mediación biocultural requiere revisar políticas y procesos heredados, priorizando las acciones coherentes con derechos, diversidad, y sostenibilidad. Dejar de hacer no es renunciar, sino un acto de responsabilidad organizativa. Mediar necesita más recursos que programar: reclama pausa, poner el cuerpo, implicarse en la vida y prácticas culturales de los territorios. En muchos casos, la mediación sucede en los tiempos informales, al “tomar un café”, se puede producir más confianza que una reunión formal.  

 

 


Ese es el horizonte poético y político de la mediación: un arte que no solo representa la vida, sino que la acompaña y la repara. 


 

 

Adoptar esta perspectiva presupone redistribuir recursos, tiempos y responsabilidades en los equipos. Reconfigurar presupuestos valorando la cualidad del trabajo relacional y la creación colectiva, y diversificar órganos de decisión, significa abrir la escena a trayectorias y voces nuevas. Prácticas como las curadurías abiertas, la autoría colectiva y el reconocimiento de repertorios múltiples impulsan la transformación real y amplían la ciudadanía cultural. 

 

Transformar la comunicación es decisivo: comunicar ya no es difundir actividades, sino compartir el relato y el sentido que las fundamenta. Pasar del “público objetivo” a la “comunidad interlocutora” significa ver a la ciudadanía como agente activo, con su propio saber y experiencia. Cuando en la comunicación participan muchas voces se genera un relato coral, una memoria viva y plural. 

 

En suma, la mediación biocultural es condición democrática de la institución, la invita a ser hilo invisible que enlaza ética y organización, creación y vida. Allí donde se redistribuye, reconoce y cuida, la cultura deja de ser privilegio y se convierte en espacio de interlocución social. La diferencia deja de separar para generar sentido compartido. Ese es el horizonte poético y político de la mediación: un arte que no solo representa la vida, sino que la acompaña y la repara.

 

 

 

Sobre la autora

 

Eva García (comuArt). Conceptualitza projectes amb perspectiva de drets. Especialitzada en creació artística comunitària i mediació. Treballadora autònoma col·laboradora amb institucions com l’Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música (INAEM, Ministerio de Cultura) o el Gran Teatre del Liceu (Barcelona). 

 

 

Nº10 Revista Dramática 

 

En un món cada vegada més entregat a la mitificació del jo i a l’atomització de l’individu, la mediació cultural arriba per a teixir una espessa xarxa de relacions entre les obres artístiques, els seus processos de creació, els seus entorns, els espais que les acullen i les persones que habiten els diversos territoris. És precisament en el mode d’accedir que té la ciutadania al fet cultural on posem l’accent en aquest número de Dramàtica, consagrat a reunir una sèrie de reflexions i experiències que subratllen la cultura com un dret. Un dret de totes i tots, que té per igual la infància i la tercera edat, la joventut i la maduresa, un dret que han de gaudir tant les persones autòctones com les que han arribat a un lloc diferent del que van néixer per a forjar un futur, un dret que ha de facilitar la relació amb el fet cultural i que ha d’exigir a la indústria que no deixi a ningú enrere en la seva manera de representar el món. Barris que pateixen, pobles allunyats, lluites veïnals, teatres oberts, museus permeables, tradicions resignificades, art que cura, inclinació a la terra, institucions sensibles, cures i afectes, escolta activa… La mediació cultural retorna poder i agència per a sentir una identitat humana comuna davant la bel·licositat desmobilitzadora del present. En aquest número han col·laborat, entre altres, Cristina Alonso, Paco Azorín, Jazmín Beirak, Roger Bernat, Guillermo Galoe, Eva García, La Liminal, Tine Milz, Miguel Oyarzun o Miren Muñoz.

 

 

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