13 de abril de 2026
Míriam Quílez
Míriam Quílez
Entrevista

“El derecho a la cultura y en la educación sin la mediación es quedarse en una idea formal de estos derechos” | Entrevista a Júlia Lull

Míriam Quílez, experta en innovación pedagógica y en arte y educación, dialoga con Júlia Lull, investigadora, profesora, curadora y activista feminista, sobre que es la mediación, porque es clave para que el derecho a la cultura y a la educación sean realmente efectivos y transformadores y qué incomodidades genera esta práctica dentro de las instituciones que se abanderan de ella.



La Xarxa d’educació i ciutat se consolida como un espacio de referencia dentro del ecosistema educativo y cultural de Barcelona, generando espacios abiertos de participación, reflexión y conocimiento compartido. Después de la Jornada sobre cultura y educación: Futuro(s) de Barcelona y del diálogo La asignatura pendiente: los Derechos culturales, la Xarxa impulsa un nuevo encuentro bajo el título Mediación, cultura que educa (inscripciones abiertas).

 

 

La conversación reunirá a la investigadora, profesora, curadora y activista feminista Júlia Lull con la pedagoga Míriam Quílez, experta en innovación pedagógica y en la articulación de la alianza entre cultura y educación. Esta diálogo entre ambas se enmarca en el acto Mediación, cultura que educa, que tendrá lugar el próximo 21 de abril a las 9.30 h en el Centro Cívico Urgell, y contará también con la participación de Gemma Carbó y Laia Colell (A Bao A Qu).

 

_________

 

Desde la pedagogía existe una evidencia sólida sobre los beneficios de conectar cultura y educación. La integración de experiencias culturales en los procesos educativos permite que el aprendizaje se desarrolle también a través del cuerpo y de la emoción, dimensiones esenciales para la construcción significativa del conocimiento y para la promoción de transformaciones sociales. A la vez, la investigación en neurociencia educativa muestra un amplio consenso sobre las ventajas de estos enfoques: las experiencias que movilizan procesos emocionales y sensoriales favorecen una mayor implicación cognitiva, incrementan la motivación del alumnado y contribuyen a una consolidación más profunda y duradera del aprendizaje.

 

Desde la Xarxa d’educació i ciutat, después de haber puesto el foco en los derechos culturales y en el acceso a la cultura, la pregunta se desplaza hacia otro reto: ¿qué pasa una vez accedemos a ella? ¿Cómo se construye, realmente, la experiencia cultural para que devenga también una experiencia educativa?

 

 

(Míriam) ⁠Y cuando hablamos de mediación cultural, ¿de qué estamos hablando exactamente? ¿Es una metodología, una posición política, una práctica pedagógica, cultural? ¿Es un término que todo el mundo se está apropiando?

 

(Júlia) Para mí, la mediación cultural (o educación cultural) es un concepto que nunca acaba de establecer el territorio que pisa ni aquello que realmente pretende comprender. La práctica que evoca es tan polisémica que desborda cualquier discurso, y, precisamente, esta es su fuerza. No es un campo que se pueda domesticar fácilmente porque tiene que ver con relaciones, afectos, contextos y procesos que no siempre se pueden prever ni medir. Por eso cuesta tanto definirla.

 

No es un objeto ni una disciplina estable, sino una manera de activar relaciones y de asistir a procesos que abren umbrales, que hacen posible un incremento de sentido dentro de nuestro presente. Tiene que ver con lo que emerge en el contacto entre cuerpos, espacios, obras, ideas, y con cómo este contacto es cuidado o bloqueado.

 

Entiendo la mediación como la dimensión social y política de las instituciones culturales y patrimoniales. Es el lugar desde donde estas encarnan, o evitan, su compromiso. Tiene que ver no tanto con lo que dicen, sino con lo que hacen posible: qué relaciones habilitan, qué cuerpos acogen, qué relatos legitiman.

 

Es cierto que el término está hoy sobresaturado y a menudo instrumentalizado como capa de legitimidad. Pero esto también revela una disputa: la mediación, como ya señalaban prácticas feministas y movimientos de base, es una dimensión que requiere, para ser operativa, poner la vida en el centro. Y esto no es neutro. Implica desplazar prioridades, cuestionar jerarquías y reconfigurar las condiciones desde donde se produce sentido.

 

Atender la vida es una forma de resistencia, especialmente en un contexto de desgaste e imaginarios cargados de colapso. Hablar de relaciones, curas y tiempos compartidos no es suavizar el discurso, sino radicalizarlo: desplazar el foco de los objetos a los procesos, del producto a las condiciones.

 

 


Entiendo la mediación como la dimensión social y política de las instituciones culturales y patrimoniales. Es el lugar desde donde estas encarnan, o evitan, su compromiso.


 

 

Es cierto que las instituciones a menudo no están a la altura: adoptan el lenguaje de la mediación sin asumir las consecuencias, sin transformar sus estructuras ni ceder poder real. Y a la vez, es precisamente desde este espacio intermedio, a menudo frágil, precarizado y tensionadp, desde donde se generan prácticas realmente transformadoras. Prácticas que incomodan, que desbordan, que acogen el conflicto y no la conformidad.

 

Quizás por eso mismo, las prácticas de mediación cultural generan resistencia: porque apuntan a cambios estructurales que las instituciones no siempre están dispuestas a asumir. Se las quiere cerca, porque aportan legitimidad y vitalidad, pero a menudo se las mantiene en un lugar subordinado, sin capacidad real de liderar procesos de transformación. Porque la mediación no garantiza nada, pero abre posibilidades y reclama compromiso. Y en este abrir y preguntar, en este insistir a hacer lugar, a sostener el indeterminado, a activar otras formas de relación, es donde rae su potencia política.

 

 

Jornada sobre cultura i educació: Futur(s) de Barcelona.

Jornada sobre cultura i educació: Futur(s) de Barcelona.

 

 

MQ:¿⁠Nos podrías compartir algún proyecto de mediación que consideres especialmente significativo? ¿Qué lo hace relevante desde el punto de vista educativo?

 

JL: En mi caso, más que un proyecto cerrado, hablaría de un proceso que tuvo un impacto real en la institución, pero también en mí y en mi formación política dentro del ámbito de la mediación. Cuando empecé a trabajar como coordinadora externa de contenidos y educadoras al Museo Nacional de Arte de Cataluña, impulsamos una serie de visitas y actividades centradas en la construcción del género femenino dentro del sistema patriarcal.

 

Lo que hacía relevante esta propuesta desde el punto de vista educativo era precisamente el desplazamiento que planteaba: no se centraba en descubrir “las mujeres olvidadas”, recurso habitual de muchas perspectivas de género aplicadas a los museos en clave superficial, sino en cuestionar las mismas condiciones de producción de los relatos.

 

Se trataba de entender que los legados culturales, producidos desde relaciones de poder, violencia y privilegio, no son solo objetos a contemplar, sino dispositivos que permiten comprender como se ha construido el mundo que hoy damos por hecho. En este sentido, se generaba una alianza entre objetos y personas que abría posibilidades de lectura críticas y, en cierto modo, liberadoras.

 

Esto contrastaba, y todavía contrasta, con una tendencia presente en muchos museos: adoptar discursos feministas o decoloniales sin entrar realmente en conflicto con sus colecciones. A menudo se trata más de una operación de lavado simbólico que no de un compromiso con la producción de conocimiento crítico. Lo que intentábamos era justo lo contrario: utilizar las obras para explorar como se han orquestado históricamente procesos de violencia patriarcal y colonial, y hacerlo dentro del museo.

 

 


(…) el aprendizaje no pasa al margen de las obras, sino en relación directa con ellas, (…) ocupar estos espacios es también disputar qué puede pasar dentro del museo y como se construye sentido.


 

 

Eran propuestas discretas, incipientes, pero muy bien recibidas por las personas que visitaban el museo. Y, en cierto modo, obligaron, y la palabra es pertinente, a la institución a moverse. Hoy, el eje feminista y queer es central en el museo, incluso a pesar de sus propias resistencias. Y esto, para mí, es el triunfo de una mediación hecha desde el compromiso con la transformación real, que no se para ante la incomodidad interna que genera, sino que la atraviesa y la sostiene como parte del proceso.

 

De hecho, nuestro “programa feminista” se avanzó a muchas de las primeras propuestas que después se visibilizaron en otras instituciones del Estado. Pero el hecho que el museo tardara a reconocerlo también hizo que se perdiera esta posición líder. Y esto evidencia hasta qué punto las instituciones, a menudo, llegan tarde a los procesos que ya están pasando para sus adentros.

 

En paralelo, me han influido mucho proyectos que cuestionan la relación entre educación y museo, como los impulsados por María Acaso y el colectivo Pedagogías Invisibles. Especialmente la idea que el museo no tiene que ser “como” una escuela. Convertir el museo en una extensión acrítica del sistema educativo seria reproducir las mismas dinámicas que muchas prácticas de mediación intentan desbordar: jerarquías, desconexión del cuerpo, ausencia de placer, procesos vacíos de sentido.

 

Al contrario, como dice María Acaso, el museo tendría que imaginar la escuela del futuro, no reproducir la que ya tenemos. Un espacio donde el conocimiento pase por el cuerpo, por el deseo, por la experiencia y no solo por la transmisión abstracta.

 

En este sentido, también fue clave la reivindicación de desplazar las actividades educativas fuera de los espacios periféricos y llevarlas al centro: a las salas de exposición. Hacer mediación dentro de la sala no es solo un cambio logístico, es una toma de posición. Es entender que el aprendizaje no pasa al margen de las obras, sino en relación directa con ellas, y que ocupar estos espacios es también disputar qué puede pasar dentro del museo y como se construye sentido.

 

Así, la mediación deja de ser un servicio complementario y se convierte en una práctica que incide directamente en el corazón de la institución. Es aquí dónde, para mí, se juega realmente su relevancia educativa y política.

 

Otro proyecto que me viene a la mente y que considero especialmente significativo es el proyecto “Un botiquín para mí ciudad”, desarrollado por el Museo Reina Sofía en colaboración con Grigri Projects, puesto que ejemplifica una práctica de mediación centrada en la participación y el diálogo. Este proyecto entiende el “botiquín” como una metáfora de los cuidados colectivos y propone repensar la ciudad a partir de las experiencias y necesidades de las personas que lo habitan. Desde el punto de vista educativo, es relevante porque genera un aprendizaje significativo basado en vivencias reales, fomenta una mirada crítica sobre las desigualdades urbanas y promueve la construcción colectiva del conocimiento. Además, sitúa los participantes como sujetos activos del proceso, favoreciendo su empoderamiento y la implicación en la vida comunitaria, convirtiendo así la educación en una herramienta transformadora y socialmente comprometida.

 

 


La mediación no es un monopolio de las instituciones, sino que puede emerger desde el ámbito social y comunitario, arraigada a experiencias compartidas y a necesidades reales del territorio.


 

 

Por último, uno de los proyectos más poderosos realizados en la ciudad de Barcelona y todavía vigente es el trabajo del colectivo Memoria, Lucha y Resistencia con el proyecto “Gentrifi-qué?”, puesto que constituye una propuesta de mediación crítica y transformadora alrededor de las dinámicas urbanas. El proyecto plantea un taller gamificado que, a través de un juego de mesa y dinámicas de rol, permite experimentar en primera persona los procesos de gentrificación y sus consecuencias sociales, como la expulsión de vecindario o la transformación del tejido comunitario. Desde el punto de vista educativo, es especialmente significativo porque combina aprendizaje vivencial y reflexión colectiva, facilitando la comprensión de fenómenos complejos de una manera accesible y participativa. Además, me interesa especialmente porque se trata de un proyecto de mediación autónomo que, a pesar de operar desde los márgenes institucionales, ha sido invitado por varias instituciones, evidenciando su capacidad de incidencia. Su práctica se construye desde un posicionamiento político colectivista y crítico con el sistema, orientado al desarrollo comunitario y a la generación de espacios de conciencia y organización colectiva. En este sentido, también demuestra que la mediación no es un monopolio de las instituciones, sino que puede emerger desde el ámbito social y comunitario, arraigada a experiencias compartidas y a necesidades reales del territorio. Esto refuerza su potencial transformador tanto en el ámbito educativo como social, al situar la mediación como una práctica viva, situada y vinculada a los procesos colectivos.

 

 

MQ: ¿Qué preguntas o incomodidades te gustaría que emergieran durante la charlada Mediación, cultura que educa del próximo 21 de abril?

 

JL: Mis inquietudes son de orden doble: político y filosófico.

 

Desde un punto de vista político, me interesa abrir preguntas incómodas sobre cómo nos estamos organizando para hacer frente al auge de los fascismos y a los discursos reaccionarios que también atraviesan las instituciones culturales. ¿Cómo podemos, desde los departamentos de educación y mediación, salir de este “buenismo” y de ciertas formas de extractivismo institucional que instrumentalizan las luchas, las disidencias y las prácticas contraculturales sin asumir las consecuencias? ¿Cómo exigimos compromiso real a las instituciones de las que formamos parte?

 

También me preocupa como nos organizamos como trabajadoras: cómo hacemos frente a la precarización estructural, a la externalización constante, a la carencia de recursos y a la despolitització de muchos equipos. Cómo generamos redes, cómo compartimos estrategias, cómo sostenemos formas de hacer que no sean absorbidas o neutralizadas. En definitiva, cómo pasamos de la práctica a la organización y al conflicto cuando hace falta.

 

 


La pregunta, quizás, es como definimos una profesión del futuro mientras luchamos, al mismo tiempo, para mejorar las condiciones materiales del presente.


 

 

Desde un punto de vista filosófico, me interesa preguntarnos cómo investigamos nuestro propio campo. Cómo desarrollamos metodologías que no solo “apliquen” discursos, sino que nos permitan escuchar qué tiene que decir la materia artística, la historia, el tejido social, los cuerpos, los afectos. Cómo nos dejamos afectar por aquello con que trabajamos.

 

Me preocupa que a menudo nos limitemos a reproducir tendencias, lenguajes o formatos sin generar una verdadera experimentación. Y, a la vez, creo que todavía estamos definiendo qué implica realmente trabajar en mediación: qué quiere decir habitar este lugar y como se construye más allá de los límites institucionales.

 

Por eso, me interesa que emerjan preguntas sobre cómo compartimos metodologías, procesos, investigaciones y compromisos. No se trata de construir espacios cómodos ni identidades profesionales cerradas, sino de generar una práctica capaz de desbordarse, de organizarse y, si hace falta, de tensionar las instituciones desde dentro.

 

Es un ámbito que no tiene una trayectoria profesional clara, y esto lo digo también en positivo, pero que a la vez requiere mucho deseo por la investigación, por el conocimiento, por la experimentación sostenida. La pregunta, quizás, es cómo definimos una profesión del futuro mientras luchamos, al mismo tiempo, para mejorar las condiciones materiales del presente.

 

No se trata de encontrar respuestas tranquilizadoras, sino de asumir que, desde aquí, también se puede avanzar hacia una revuelta cultural que nos lleve a una transformación social enriquecedora.

 

 

MQ: ¿Y es posible hablar del derecho a la cultura y del derecho a la educación sin la mediación en la ecuación?

 

 

JL: El primer problema es que la mediación a menudo se plantea como un servicio, y esto la desactiva políticamente. La convierte en una capa accesoria, en una herramienta de facilitación de contenidos, a menudo elitistas o especializados, hacia unos públicos supuestamente “no iniciados”. Y aquí hay un error de base: este enfoque no solo simplifica la mediación, sino que reproduce dinámicas jerárquicas, tanto sociales como cognitivas.

 

Para mí, la mediación no es una traducción ni una simple facilitación. Es una práctica que propicia la toma de conciencia sobre la necesidad de la cultura como territorio de emancipación individual y colectiva. No se trata solo de acceder a contenidos, sino de generar las condiciones para que las personas puedan construir sentido, cuestionarlo y reapropiárselo.

 

En este sentido, la mediación está directamente vinculada a los derechos culturales y educativos porque no solo amplía el acceso, sino que transforma la relación con la cultura. La desplaza de un lugar de consumo a un espacio de experiencia, de pensamiento y de producción.

 

 


Para mí, la mediación no es una traducción ni una simple facilitación. Es una práctica que propicia la toma de conciencia sobre la necesidad de la cultura como territorio de emancipación individual y colectiva.


 

 

También es, para mí, un espacio donde entrenar la imaginación. Y esto es fundamental, porque la imaginación es una potencia política que demasiado a menudo se nos anula o se nos limita. Sin esta capacidad de imaginar otras formas de vida, otras relaciones, otros futuros, los derechos se vacían de contenido.

 

Por eso, pensar el derecho a la cultura y a la educación sin la mediación es, en cierto modo, quedarse en una idea formal de estos derechos. La mediación es lo que puede hacerlos efectivos, vivibles, transformadores. Es el lugar donde estos derechos se ponen en práctica y toman cuerpo.

 

 

Mediació a la Fundació Joan Miró de Barcelona.

 

 

 

MQ: En este sentido, ¿crees que una mediación mal entendida puede reproducir desigualdades? ¿Qué poder educativo tiene la cultura? ¿Qué deber? ¿Qué estamos dispuestas a cuestionar?

 

JL: Creo que una mediación mal entendida no solo puede reproducir desigualdades, sino que puede convertirse en un mecanismo especialmente eficaz para consolidarlas. Cuando la mediación se reduce a transmisión, a servicio, a dispositivo amable de circulación de contenidos, lo que hace es jerarquizar las relaciones: quién sabe y quien no, quien habla y quien escucha, quien legitima y quién es legitimado.

 

Pero la cuestión es que la mediación no es una herramienta. La mediación es el nombre de una relación. Y es en esta relación donde se juega todo, donde encontramos su potencia y también su riesgo.

 

Porque no hablamos solo de relaciones entre personas, sino entre personas y cosas, entre personas y otros seres, entre cuerpos, espacios, tiempos y materias. La mediación es este tejido vivo donde se producen afectaciones, desplazamientos, fricciones. Cuando este tejido se vuelve rígido, cuando se gobierna desde la jerarquía o el miedo, lo que se produce es reproducción. Cuando se abre, cuando asume el conflicto y la incertidumbre, puede devenir un espacio de transformación.

 

 


Creo que una mediación mal entendida no solo puede reproducir desigualdades, sino que puede convertirse en un mecanismo especialmente eficaz para consolidarlas.


 

 

La cultura, en este sentido, no es un conjunto de objetos ni un patrimonio a conservar. Es la memoria de nuestros actos imaginarios, de lo que nos afecta y de lo que afectamos: el rastro material de nuestros experimentos, de nuestros intentos de pensar y vivir de otro modo. Pero también es el testigo de aquello que no se tiene que olvidar, de nuestros fantasmas que nos persiguen, recordándonos los abusos, las violencias y los excesos que han configurado el presente.

 

Y por eso los regímenes totalitarios atacan la cultura: porque saben que es allá donde se conserva y se reactiva no solo la posibilidad otros mundos, sino también la memoria incómoda de lo que hemos sido y de lo que somos todavía.

 

El poder educativo de la mediación cultural tiene que ver con esto: con su capacidad de ponernos en relación con estos rastros, de hacerlos vibrar en el presente, de abrir grietas en lo que parece dado. Pero esta capacidad no es automática. Depende de cómo se activan estas relaciones.

 

Y aquí hay también un deber. No el de “hacer accesible” la cultura, sino el de no neutralizarla. El de no convertirla en un dispositivo inofensivo. El de sostener relaciones que no cierren el sentido, que no anulen la potencia crítica e imaginativa que contiene.

 

La pregunta, pues, es hasta qué punto estamos dispuestas a asumir lo que implica trabajar así. Qué relaciones estamos dispuestas a romper, a sostener, a inventar. Porque si la mediación es una relación, no hay inocencia posible: en cada gesto, en cada dispositivo, en cada encuentro, estamos decidiendo si reproducimos el orden existente o si abrimos la posibilidad de otro.

 

 

MQ: ⁠¿Qué estructuras y condiciones necesita una buena mediación?

 

JL: Para mí, una buena mediación necesita, antes de nada, unas condiciones materiales y simbólicas muy claras: gratuidad, diversidad de apoyos que permitan apelar a múltiplos sentidos y capacidades, horizontalidad, autonomía, bienestar, tiempo y posibilidad real de experimentación. Necesita curiosidad, apertura, y mecanismos que cuestionen los prejuicios y los juicios de valor. Pero también mucho conocimiento y preparación. No es improvisación vacía, sino una práctica rigurosa que, precisamente, desborda la rutina y los órdenes establecidos.

 

Y aquí hay una cuestión estructural que no podemos obviar: hace falta personal comprometido y formato, con condiciones de trabajo dignos. No necesitamos educadoras agotadas, precarizadas, externalizadas y sin espacios de discusión, formación o producción. La mediación no es un servicio auxiliar: es un espacio de investigación central dentro de la institución. Y si las personas que la sostienen no están cuidadas, no pueden cuidar las relaciones que esta práctica implica.

 

Las educadoras trabajan con públicos muy diversos, con realidades y necesidades complejas. Esta atención sostenida, esta capacidad de escucha y de adaptación solo se puede garantizar si hay tiempo, reconocimiento y condiciones materiales que la hagan posible. Esto tendría que ser el punto de partida, no una consecuencia.

 

 


Para mí, una buena mediación necesita, antes de que nada, unas condiciones materiales y simbólicas muy claras: gratuidad, diversidad de apoyos que permitan apelar a múltiplos sentidos y capacidades, horizontalidad, autonomía, bienestar, tiempo y posibilidad real de experimentación.


 

 

Y, sobre todo, la mediación necesita deseo. El deseo no es accesorio: es productivo. Sin deseo no hay implicación, no hay movimiento, no hay transformación.

 

Para mí, una buena mediación se articula en tres momentos imprescindibles.

 

Un primer momento de acogida, donde el centro no es la institución ni el contenido, sino los yo/nosotros. Quién somos, cómo estamos, qué pensamos, qué queremos, qué deseamos. Una acogida no es una presentación del lugar, sino una apertura del presente. Es una pregunta compartida que moviliza interés, pero también reconocimiento: sentirnos vistas, necesarias, parte del proceso.

 

Un segundo momento es el que activa el deseo y la curiosidad. El momento de relación con los objetos, los materiales, el pasado. No desde la explicación, sino desde el encuentro. Aquí el pasado no es un relato cerrado, sino un territorio de alianza. Un espacio de extrañeza y fricción que nos obliga a construir herramientas para relacionarnos con aquello que no entendemos o que nos desplaza.

 

 

julia llul - fundacio miro

Mediació a la Fundació Joan Miró de Barcelona.

 

 

Y, finalmente, un tercer momento de retorno. Como después de un viaje. Un espacio para poner en valor lo que ha pasado, para observarnos transformadas, para pensar qué nos llevamos. No solo como reflexión, sino como incorporación: qué nos acompaña más allá del museo, que deja rastro en nosotros.

 

Este recorrido puede adoptar muchas formas, pero este arco es estructural. Sin esto, la mediación queda reducida a actividad, no acontece proceso.

 

Y hay otra condición fundamental: explicitar el punto de partida. Situarse. Ningún conocimiento es neutral. Hay que decir desde donde hablamos, qué nos atraviesa, de qué somos responsables. Porque solo desde esta honestidad puede aparecer un pensamiento realmente crítico y disidente.

 

Porque una buena mediación no busca neutralizar el conflicto ni cerrar el sentido, sino crear las condiciones para que este se pueda desplegar con conciencia, con responsabilidad y con potencia.

 

MQ: Para terminar, ¿cuál es la pregunta que todavía no nos estamos haciendo?

 

JL: La pregunta que quizás todavía no nos estamos haciendo, o que evitamos formular con todas sus consecuencias, es esta: ¿se puede transformar la mediación sin transformar radicalmente las instituciones que la contienen?

 

Porque lo que estamos viendo es una contradicción cada vez más evidente. A medida que la mediación y la educación ganan centralidad en el discurso institucional, como espacios de relación, de pensamiento crítico, de vínculo con la sociedad, las condiciones materiales que las sostienen empeoran. Más subcontratación, menos equipos propios, menos tiempos, menos reconocimiento. Personal precarizado o desvinculado, a menudo sin espacios reales de formación, investigación o toma de decisiones.

 

Esto no es una disfunción: es una carencia estructural.

 

Las instituciones quieren los efectos de la mediación, proximidad, legitimidad, apertura, pero no quieren asumir lo que implica. No quieren cuestionar sus jerarquías ni redistribuir poder de decisión, ni alterar sus formas de organización interna. Quieren la mediación como imagen, no como fuerza transformadora.

 

Por eso, la pregunta no es solo como mejorar las prácticas de mediación, sino hasta qué punto estamos dispuestas a poner en crisis la institución misma. Porque no se puede hacer una mediación realmente transformadora desde estructuras que continúan operando desde la verticalidad, sembrando precariedad y alimentando entretenimientos básicamente alienadores.

 

 


Quizás la pregunta que falta es esta: ¿queremos una mediación que transforme, o solo una mediación que sostenga, de manera más amable, un sistema que no queremos cuestionar?


 

 

¿Qué quiere decir, realmente, poner la vida en el centro dentro de una institución cultural? Quiere decir cambiar contratos, tiempos, ritmos, jerarquías, formas de gobernanza. Quiere decir asumir conflictos, perder control, abrir espacios de decisión.

 

Y aquí es donde a menudo nos paramos.

 

Quizás la pregunta que falta es esta: ¿queremos una mediación que transforme, o solo una mediación que sostenga, de manera más amable, un sistema que no queremos cuestionar?

 

Porque si tomamos seriamente lo que la mediación propone (nuevas relaciones, cuidados, deseo, imaginación, redistribución del sentido) entonces no estamos hablando de un departamento, ni de una línea de trabajo, estamos hablando de una reconfiguración profunda de la institución. Y esto no se puede hacer sin conflicto. Ni sin asumir que, quizás, lo que hace falta no es adaptar la mediación a las instituciones, sino forzar las instituciones a transformarse, evidenciar sus límites y atravesarlos para ir más allá.

 

 

 

Entrevista a Júlia Llull

Sobre la entrevistada

 

Júlia Lull Sanz es investigadora, curadora y activista feminista. Doctora en Teoría de la Imagen por la UB, es profesora de Humanidades en la UPF. Su investigación aborda las figuraciones de la mujer en el sistema patriarcal y la relación entre imagen y procesos de subjetivación, explorando el vínculo entre imaginación y resistencia colectiva ante la industria cultural. Trabaja con nuevos materialismos desde una mirada feminista que cuestiona la separación entre pensamiento, cuerpo y materia. Es autora de La histeria del arte (2025) y Ar(t)queología de una resistencia (2024). Ha desarrollado proyectos artísticos, curatoriales y educativos en diferentes centros patrimoniales orientados a repensar la función social del arte mediante la mediación y creación colectiva. Desde 2012 forma parte del equipo coordinador de FemArt a Ca la Dona, y desde 2022 es miembro impulsor de Ullal, Festival de Fotografía Incisiva de Barcelona.

 

 

Mediación, cultura que educa | Diálogo

 

Conversación organizada para la Xarxa d’educació i ciutat (Ajuntament de Barcelona) sobre la mediación cultural como práctica pedagógica y política, y el arte como dispositivo relacional.

 

Fechas: 21 de abril. Con inscripción previa

A las 9,30h. Centro Cívico Urgell. Comte d’Urgell, 145. 08036 Barcelona

Organiza: Xarxa d’educació i ciutat

Modera: Marta Ballesta

Participa: Gemma Carbó, Júlia Lull (UPF) y Laia Colell (A Bao A Qu)

 

 

 

 

 

 

Xarxa d’educació i ciutat

 

Antes Consejo de Innovación Pedagógica, la Xarxa d’educació i ciutat del Ayuntamiento de Barcelona es un espacio vivo de conexión, participación, innovación y transformación que une entidades educativas, culturales y sociales para impulsar la calidad pedagógica, la equidad educativa y el conocimiento. Actúa como instrumento público, nodo de conexión y altavoz colectivo de las entidades miembros, potenciando la visibilidad, el reconocimiento y el impacto.

 

 

 

Noticias relacionadas con la Xarxa d’educació i ciutat

 

 

 

Suscripción gratuita al boletín mensual de poliédrica.cat

 

Noticias y artículos para estar informadx sobre arte y educación, cultura comunitaria y mediación artística y cultural. Proyectos, publicaciones, jornadas, cursos y mucho más.

 

 

Suscríbete 

 

 

 

Publicidad